En cada una de las elecciones nos
jugamos mucho, aunque no estemos más que ante los últimos coletazos de los
intentos contra la nación que sólo podrán resolverse con el fin de España o con
una potente reacción que implique un cambio histórico a todos los niveles
institucionales que se hace urgente. Porque nuestros males no están en los
enemigos, sino en todo lo que se les ha permitido hacer. Que el sistema ha
fracasado es incuestionable. Lo que importaba de estas elecciones es si al
frente separatista desencadenado por Mas en pacto con el PNV se iban a sumar
con fuerza dos regiones más. Veamos:
País Vasco
Con aproximadamente un 60% de votos separatistas,
en el País Vasco se conforma una situación que traerá muchas desgracias a
España, por cuanto además se debe sobretodo a Bildu: el partido de ETA –que entró
en las instituciones gracias a los pactos oscuros que sólo conocen los que
manejan el cotarro- logra el apoyo del 25% de los votantes. Es interesante la
bajada del PNV en favor de Bildu: es decir, la sociedad se radicaliza –aún más-.
Será una tragedia lo que puede ser un día el reparto del poder entre PNV y
Bildu: es decir, entre cierta derecha próxima al nazismo en muchas de sus
concepciones y una izquierda radical y terrorista.
Que en el País Vasco la situación se vuelva
cada vez más negra es una pregunta que debe hacerse no al nacionalismo, que
siempre ha buscado los frutos de la violencia –unos agitan el árbol, otros
recogen nueces- sino al constitucionalismo mediocre del PP y el PSOE, cuyo
pacto ha traído estos lodos. Porque el
PP apoyó sin exigencia a un PSOE entregado a ETA, desde la negociación hasta el
Faisán. Por tanto, PSOE y PP se descalabran: no defienden los principios de sus
votantes. El PSOE, por abandonar a esa izquierda vasca que Terreros supo
liderar y que siempre se sintió española y el PP paga el precio de haber transformado
el PP de Ordóñez y San Gil –el único PP decente de la historia- en un
conglomerado de trepas sin ideas cuyo mejor fin era defender de boquilla una
Constitución infumable cuando antes era
el compromiso de dar la vida por España, tantas veces llevado a la práctica
lamentablemente.
Al menos el Obispo Munilla avisaba que “algunos
creen en el error de que la independencia traerá la felicidad” y también, al
menos, UPyD ha dado la cara por España, a pesar de sus ambigüedades en muchos
asuntos y Gorka Maneiro mantiene el escaño simbólico del que el PP tendrá que
sacar alguna lección.
Lo peor de todo es que los medios de toda
índole siguen afirmando que son las primeras elecciones sin terrorismo, cuando
la realidad es que nunca el terrorismo había logrado tanto poder, que aunque digan
que no matan, matan de otra manera.
La baja participación es noticia, la gente
está desencantada y los socialistas se han quedado en casa. Arrasa el Partido
Popular, que en Galicia intervino rápida y positivamente en la gestión de la
crisis y ha evitado quemarse con los resultados de las medidas de Rajoy. No se
produce el castigo al Gobierno central que pedía Rubalcaba. Al contrario, el
castigado es el siniestro dirigente socialista y la corrupción de Pepiño en el caso Campeón. Por tanto, doble fracaso del PSOE.
Interesante el fracaso de Conde: la gente ni
se fía ni está para aventuras; y como siempre sabe hacer con éxito el PP, han
movilizado el voto útil. Si bien el movimiento de Conde suponía esperanza
cuando menos de incordiar a la casta, el sistema ha respondido en plena campaña
contra el polémico Abogado del Estado, atacándole donde duele: en las sospechas
sobre su patrimonio, lo cual ha desanimado a muchas personas.
La buena noticia es que, a pesar de la traición
a Galicia Bilingüe, y a pesar de la acumulación de errores de Mariano Rajoy en
todos los campos que importan a sus votantes, Feijóo logra cosechar resultados
importantísimos porque ha hecho una campaña en la que ha vendido España, unidad,
y buenos resultados económicos. Al menos, no habrá tres frentes separatistas.
Galicia ha votado España y buena gestión.
Despejadas las dudas electorales, esperemos
que el Gobierno de Rajoy despeje la duda financiera que abruma a España. Es lo
que toca.