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sábado, 4 de agosto de 2012

Lecturas de verano: 3-Estado de miedo o la manipulación de la ciencia

Los jesuitas siempre fomentaban nuestra educación más allá de la enseñanza típica del programa académico. Las actividades extraescolares eran parte de la enseñanza que proponían para formarnos: deporte, teatro, voluntariado, idiomas… Y una de éstas propuestas era también el premio científico al mejor trabajo realizado durante el curso. Gané el premio de COU, en el año 1996, con ayuda de dos compañeras y eran 25.000 pesetas de entonces. Hoy una de ellas es médico especialista en urología y la otra investiga sobre oncología en Nueva York.  El caso es que a mis 18 años estaba obsesionado con la Teoría de la Evolución de las Especies, de Darwin, y llegué a acumular decenas de libros sobre el asunto. El trabajo que propuse para optar al premio era un estudio comparativo de los aparatos digestivo, respiratorio y circulatorio a lo largo de la evolución partiendo de los simples seres unicelulares hasta la complejidad de los mamíferos…Yo quería contribuir a demostrar el evolucionismo.

Fueron tal cantidad las preguntas que me surgieron mientras avanzábamos diseccionando ranas, ratas y gallinas, que me di cuenta de que estábamos tan sólo ante una teoría sin más base científica que las observaciones de un extraño personaje que, sin ser biólogo, se había deslumbrado, durante una crisis de fe y un viaje, por la doctrina de la lucha de clases aplicada a la biología, porque estaba tan de moda en su siglo: las especies evolucionaban en complejidad debido a que un azar generaba individuos más aptos que lograban sobrevivir en su lucha por la existencia. Es decir, marxismo biológico. Pero ni el marxismo acertó explicando la historia o la economía, ni tampoco el darwinismo consigue explicar el origen de la vida. Es más, teorías más realistas como la de Lamark, anterior a Darwin, siguen siendo hoy defendidas, por ejemplo por Máximo Sandín, profesor de la Autónoma y se basan en que la evolución, caso de existir, esconde algún fin, algún tipo de orden o inteligencia directora. En la comunidad científica el evolucionismo sigue a debate. Tanto, que se sabe de algunos científicos que manipularon sus investigaciones o falsificaron fósiles para intentar demostrar sus particulares obsesiones con la confirmación de una teoría muy difícil de confirmar. Y es que desde que un monje descubriera experimentando con unos guisantes la transmisión de la herencia por los genes, el darwinismo sufrió un duro golpe. Es más, la propia definición de especie sostiene que es aquel grupo de seres que se pueden reproducir entre sí y cuya descendencia es fértil. Entonces, ¿cómo puede generar una especie otra? ¿Es mejor, desde el punto de vista de las meras funciones vitales, la complejidad del mamífero respecto a la de una ameba?

Todo esto viene a cuento de que estoy leyendo ESTADO DE MIEDO, una novela del año 2005 del conocidísimo escritor  Michael Crichton. Me la recomendó un tío mío que se pone enfermo con las patrañas de los que siempre nos cuentan, en verano, que los polos se funden pero que nos ocultan que, en inverno, el hielo se acumula de nuevo…La novela es una divertida trama de  ecoterrorismo en la que hay científicos que manipulan datos, y otros que reciben amenazas de organización ecologista que quiere como sea demostrar que el cambo climático se está produciendo. Miles de millones de dólares en juego, progresistas interesados, donantes multimillonarios y abogados politizados se entremezclan por una obsesión: convencer al mundo de la catástrofe ecológica que se va a producir por el calentamiento global.

Y es que hoy en día, abandonadas las referencias culturales que aportaba la fe a la investigación, la razón, por sí sola, se ha vuelto irracional. Pero la ciencia sólo puede avanzar gracias al afán de conocimiento infinito que tenemos y que debe ceñirse a su ámbito de conocimiento: lo experimentable, lo medible, y lo material. Pero cuando la ciencia quiere hacer afirmaciones que no puede plasmar en hechos repetibles mediante la experimentación, se pierde en afirmaciones absurdas e insostenibles que, en caso de mantenerse sólo contribuyen a demostrar la natural religiosidad del ser humano que busca más allá del mundo material, respuestas a sus inquietudes. Y eso, ya no es terreno para la ciencia. Hay un conocimiento racional más allá de lo material, porque ser libres, creer, esperar o amar forman parte de nuestra vida tanto como el peso de nuestro cuerpo, y si queremos aceptarnos como somos debemos razonar sobre todo, manteniendo una unidad de razonamiento asegurándonos del ámbito de conocimiento en el que estamos. Pero tales son los dislates del cientifismo irracional que le preguntaron a una investigadora del CERN que ha descubierto el Bosón de Higgs, si se había demostrado por fin la explicación total del mundo a partir de la materia y ésta contestó: “Yo soy católica. Nosotros hemos descubierto una parte más del mundo material, pero no tenemos nada que decir sobre aspectos reservados a la filosofía o a la fe. No hemos descubierto nada que se oponga a la existencia de Dios.” Lo que sí es una fe irracional es creer que la ciencia tiene respuestas para todo: ¿con cuántos kilos de amor amamos a nuestros hijos? Pues eso.

miércoles, 20 de julio de 2011

¿CALENTAMINETO GLOBAL CON EL FRESQUITO QUE HACE?

Esto del calentamiento global ha constituido una de las estafas más grandes de finales del Siglo XX. Según tan genial como falsa teoría –bueno, para sus adeptos es un dogma-, ya habríamos desparecido todos hace tiempo, abrasados por la mayor hecatombe que, a falta de confirmación por los datos de la ciencia, se ha convertido en una esperanza de cierta creencia, en una fe con sus ritos, celebraciones y mudamientos…¡Ay del que peque contra tal religión!
Eso ha ocurrido al calor –vaya, qué gracioso- de unas subvenciones millonarias, como esas de la memez histórica, y que consisten en que “te dan unas conclusiones y un dineral necesario para retorcer las cosas hasta que  pruebes lo que te piden.” Y claro, la pasta, es la pasta. Así, hace tiempo pillaron ese email que parecía de coña donde uno a otro de esos pseudocientíficos del desprestigiado IPCC le contaba como trucar las temperaturas mundiales para favorecer sus previstas conclusiones.
Llegaba la primavera, y cada año, los también obedientes medios nos sacaban fotos del descalabro de montañas de hielo, que normalmente se derriten cuando llegan más altas temperaturas al norte en verano…Cuando se recongelan esas montañazas enormes no nos lo cuentan.
El caso es que yo empecé a dudar cuando, como el agnate clónico de La Isla –película interesante del 2005 sobre el terror que puede producir una ciencia endiosada y eso que una clonada Scarlett Johansson merece la pena- me pregunté sobre las cosas, y me interrogué, sin encontrar respuesta convincente: ¿cómo narices midieron un día que el nivel mar mediterráneo subiría algo así como 1,5 milímetros al año durante los próximos treinta? Eso más bien era un futurible barato nada científico…Es más, menudo lío –pensé sólo para mi mismo- que la playa vaya a cubrir casi 4 centímetros años más para cuando me jubile; con lo bajito que soy, si encima me arrugo un poco…
No les bastaban esas paridas que cuando vieron que la ciencia de verdad, en estudios climáticos serios -como los de un equipo de Harvard- no confirmaba sus chorradas que inventaron toda suerte de manipulaciones cada vez más terroríficas para intentar convencernos. Y hasta contrataron al fracasado Al Gore para propagar sus bulos.
Y ahora llega el julio más fresquito que yo recuerde en toda mi vida. Leí en mayo una previsión de un Instituto de Meteorología de Inglaterra, que éste verano sería el más caluroso de nunca jamás. Me deprimí, porque no me gustan nada los calores madrileños, con ese asfalto que parece que nos echa todo su calentón por la noche.  Y es que yo temo julio en Madrid, porque duermo fatal con tan altas temperaturas nocturnas no debidas  precisamente a ciertas alegrías. Y así, para mí julio es un dilema entre anginas –por el aire acondicionado- y el sueño irremediable con una siesta porque me gusta el Tour.
Pero los del calentamiento no se rinden. Y son capaces ahora de decir, “bueno, no es calentamiento, es la locura del clima que hemos destrozado con nuestra polución” sin admitir como argumento en contra que esos pesadísimos volcanes islandeses son capaces de echar más C02 en unas horitas que todos los coches y fábricas durante todo el Siglo XX…Y así todo vale.: que nevó ayer en los Alpes –normal, por otra parte-, “es el cambio climático”; que hay una tormenta gorda “vaya, destrozamos el clima”; que hace fresco en julio “hemos vuelto loca a toda la meteorología”; que hay un maremoto “ahora son tsunamis, que suena más espantoso”. Si es que al final se parecen a una tía abuela mía centenaria que dice: “Blaspi, Blaspi, estos males climáticos nos los manda Dios como castigo, que el mundo está fatal, que hay mucho cabroncete.”
Vamos, como la de mi tía abuela, tienen una fe apocalíptica esos cambiaclimas previo pago de su importe que no quieren entender –no les conviene- que el cambio del clima es un proceso de miles de años, influyendo notablemente aspectos como: las distancias diversas entre la tierra y el sol según los tiempos,  la misma energía que el astro rey es capaz de disipar o la inclinación de la tierra sobre su eje…
Y se parecen tanto a los de la memez histórica en las órdenes y en las subvenciones que reciben –vienen de los mismos despachos y con la misma lógica- que jamás admiten argumentos que les contradigan y jamás responden  con criterios científicos sino que insultan y desprecian a quien osa poner en duda sus historietas.
Para saber más:
LAS MENTIRAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
Jorge Alcalde, LIBROSLIBRES, Madrid 2007