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lunes, 19 de marzo de 2012

"LA PEPA" O EL DESPRECIO AL PUEBLO


Mientras una España dividida hasta para conmemorar un hecho histórico en el que se debiera analizar, sobre todo, la causa de los desastres de más de 120 años de Historia, muchos celebran con toda frivolidad, la libertad de La Pepa, como Revolución, como Democracia, como fin del Absolutismo, como Modernidad, como cercanía a Europa y -hasta he oído- como ímpetu para la trágica independencia de la España de América.

En fin, un rasgo más de la debilidad intelectual de la sociedad guiada por comentaristas de medio pelo, periodistas a sueldo, políticos ignorantes que hace que, mientras en el fondo siguen divididos mientras España se hunde, en cambio se unan en un extraño elogio a las Cortes de 1812, desde todas las tendencias, desde el socialismo afrancesado de logia, hasta los liberales más desorientados…

Tan sólo, con erudición clara, he podido leer comentaros críticos a la Constitución de Cádiz de 1812 en estos días,  en una conferencia extensa y densa de Pedro J. Ramírez, en la que analiza por qué fracasó nuestra primera Carta Magna y en la Nueva Historia de España, de Pío Moa, publicada hace dos años. Y me he tenido que remontar a un estudio sobre las causas de la Guerra Civil de 1936 para entender los errores de 1812.

No fueron aquellas cortes la reacción de un pueblo oprimido contra el Absolutismo. No fueron aquellas cortes el canto de libertad de un pueblo que quería parecerse a Europa. No. Eso no fue así. Más bien todo lo contrario. Apenas representaban aquellas Cortes al pueblo. Representaban más bien a las logias, a las oligarquías y al poder. El pueblo sólo cometió el error de, viéndose estafado por los poderosos en la Constitución de Cádiz, reclamar, desear, al nefasto Rey que tanto daño hizo y haría a España… Porque lo que no podía aceptar el pueblo era que, después de haberse levantado, a pesar de los poderosos, contra la invasión francesa, vinieran a imponerle las peores ideas de la Revolución, traídas por esos exaltados afrancesados, dañando la magnífica tradición española.

En Cádiz se cometen todos los errores de la modernidad, sin aplicar ninguna de sus ventajas. Se mira a Francia, para copiar su Revolución que, en su lucha contra el absolutismo, sólo trajo más absolutismo, más miseria y más muerte. España era un lugar donde la tradición de libertad se remontaba al fenómeno de nuestras originales Cortes de la Monarquía Hispánica, surgidas de la necesidad de pactar a todos los niveles para avanzar contra el enemigo común. Todo ello fue despreciado en Cádiz, como explica Cambó, buscando la causa de la división entre tradicionalistas y liberales -que entonces no eran exactamente los que ahora se llaman liberales, sino más bien entonces eran pre-socialistas o anarquistas-. Tiene su explicación: desde la entrada de los borbones a principios del XVIII el Estado fue olvidando su españolidad para, mirando a Francia, copiar sin más unos avances que nada bueno nos aportarían. Y hasta hoy pagamos ese eterno mirar a Francia de los poderosos de cada época, que tan cerca andan de la traición. Si antes de Cádiz hubo 300 años de paz interna, después de 1812 estuvimos casi 140 años en guerra. La nación, evidentemente no mejoró. Se perdió una gran oportunidad. El siglo XIX hubo continuos vaivenes, crímenes, guerras y acabó todo por culminar en el desastre de 1898. Perpetuar los mismos errores durante la Restauración, llevó a la guerra de 1936.

Quizá la escasa luz auténtica de aquellos años fuera Jovellanos, depreciado por todos, por los españoles del poder emocionados con Francia, hasta por los propios franceses… Pero había muerto en 1811, perseguido precisamente por intentar la solución más adecuada, la de mirar a Inglaterra como modelo de democracia, por cuanto se asemejaba más a nuestras costumbres de libertad: no en vano los ingleses habían copiado en su Constitución de 1215 las iniciativas de León de 1188. Jovellanos, una mente adelantada, había previsto conjugar con reformas nuestras mejores tradiciones con las positivas aportaciones de la modernidad. Pero su originalidad no quiso ser comprendida en el país de la envidia. Tal y como sigue pasando hoy en día: que no aprendemos.

martes, 1 de noviembre de 2011

TODOS LOS SANTOS Y TRES PROFETAS

En cada momento histórico de tensión –como el que vivimos actualmente en el mundo y en España-, es conveniente volver la vista atrás para entender qué cadena de acontecimientos, desacertados o intencionados, nos ha llevado a tal circunstancia de crisis total -moral, institucional y económica-.
Un primero de noviembre de 1790, apenas desatada la peor de las revoluciones  cuyas nefastas consecuencias aún pagamos, un político irlandés llamado Edmund Burke,  publicó sus interesantísimas Reflexiones sobre la Revolución Francesa, describiendo el  larguísimo desastre que se vendría sobre Francia y todo el continente  europeo
Burke es considerado el padre del conservadurismo británico y en su tiempo supo ver la importancia de respetar las tradiciones que forjan una Nación, sin despreciar los cambios necesarios en cada momento de la Historia. Algo así como un Jovellanos en la España de 1800 o un Blas Piñar en la de 1970.
El papel político de esos tres personajes que hoy tomamos como ejemplo   (Burke, Jovellanos y Piñar) es una dura representación. Porque además de que les toca ser actores secundarios despreciados por el público y los verdaderos protagonistas del momento, tienen la certeza de que su fracaso es la prueba de que hicieron la mejor actuación que podían hacer.  Son faros de potente luz tapada por sus adversarios y enemigos. Son la constatación de que el ser humano es capaz de hacer grandes cosas buenas ya que,  en cada momento de esas  crisis que nacen de terribles traiciones, algunos hombres son capaces de iluminar con la verdad y el ejemplo. Son la esperanza de que el ser humano pueda despertar de su pesadilla de hoy encendiendo las  luces de un precioso pasado…