A estas
alturas –con toda una Comunidad Autónoma dedicando sus energías y nuestros
dineros a un proyecto independentista- uno se sorprende de que todavía nos
intenten colar el discurso de que hay un nacionalismo moderado frente a otro
que es radial. Anoche, en 13 Televisión, mantuve un acalorado debate en el
programa de Antonio Jiménez. No precisamente con una periodista conocida por su
defensa de la ideología nacionalista, sino con Edurne Uriarte y en menor medida
con Jaime González, ambos de ABC. Al menos, Carlos Cuesta, defendió con
claridad lo mismo que yo: que no hay un nacionalismo moderado.
El caso es
que Edurne Uriarte recurrió a tal distinción –tan repetida, tan falsa, tan favorable
al separatismo-, para defender la postura de Durán y Lleida, conocido por su
buena vida en Madrid al calor del chantaje permanente que les permite una ley
electoral injusta, un sistema político pervertido y una alianza con los dos
grandes partidos. Yo respondí que nunca hubo diferencia entre los que agitan el árbol y recogen las nueces… Y menos en Cataluña, porque el árbol no se agita tanto como en el País Vasco.
El nacionalismo es un problema que nace del Estado que lo permite. Tan es así
que ayer, que por primera vez, tuve ocasión de hablar en directo con Albert Rivera,
al que admiro por defender la unidad de la Nación en uno de los sitios donde
más la atacan, corroboró mi afirmación de que el Estado ha abandonado a esos
millones de catalanes que se sienten parte de España.
Es así de
claro: nada de lo que ha engordado el problema nacionalista se ha hecho sin la continua
alimentación de los gobiernos centrales, sean del PP o del PSOE. Ya se les entregó un poder inmenso en la Transición y ellos, con toda lógica –no
como dicen por deslealtad-, lo han ido aprovechando. A lo largo de los años el
problema ha ido creciendo, a medida que se les entregaban competencias a cambio
de cada favor político. Y ahora algunos se asustan de las consecuencias. O no
tanto. Porque ayer, hablando precisamente de la oportunidad Madrid 2020 alguien
se empeñó en hablar de los éxitos de Barcelona 92, lo que aproveché
para recordar que entonces, los nacionalistas ya mostraron, como siempre, su
naturaleza: odiar a España, a pesar de que toda la Nación se volcó con su segunda
y maravillosa ciudad. En ese momento toda la mesa lo negó, con elegantes
desprecios personales –eres muy joven, no recuerdas, nosotros estuvimos, pero
tú qué has leído- pero hay mucha información sobre el comportamiento grosero y
paleto de los líderes de CiU; tanto, que hasta Pujol tuvo que disculparse ante
el Rey por el comportamiento de la Generalitat durante los Juegos. Aquello lo recuerda
muy bien periodistas catalanes como Xavier Horcajo o Javier Montilla, por ejemplo.
Y para colmo, hemos sabido hoy que Mas se reunión con Rajoy en secreto la pasada semana y que de pronto el Presidente de la Generalitat quita el pie del acelerador separatista por estrategia y por algunos pactos y ya nos enteraremos de la factura que pagaremos por esto… Es decir, el mismo chantaje de siempre cuyos frutos se invierten en engordar a la bestia. Como dice Pío Moa, el problema del separatismo no está en los nacionalistas, está en Madrid.