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jueves, 3 de abril de 2014

Estrategias actuales contra la verdad...

En la actualidad asistimos  a una pesada lluvia de mentiras. Una vez oí decir a un sabio que cuando se vive entre constantes embustes es un deber defender la verdad cada día. Pero a la vez que se propagan faltas constantes a la verdad, medias verdades -las peores mentiras- y manipulaciones de todo tipo, encontramos un mal aún mayor: la incapacidad para reconocer la verdad cuando alguien la dice...

¿A qué me refiero? La política actual -con sus inseparables medios de comunicación-, convertida en un juego de intereses, es una actividad que produce muchos hipócritas, sobretodo porque, al controlar los medios, los políticos profesionales creen que pueden hacer cualquier cosa porque todo dependerá de cómo se cuente. Así, incluso a los ciudadanos, divididos por los enfrentamientos estériles que crean los propios políticos para introducirnos en las trampas de su trama dramática, no son capaces de distinguir lo cierto: la verdad, de lo falso: la mentira.

Me explico: si una afirmación sobre nuestra política o nuestra historia es cierta, no se puede despreciar según quién la diga o recurriendo a los motivos por los cuales la dice, aunque los motivos sean perversos o la persona sea de poco fiar. La verdad siempre es verdad. Rechazar la verdad porque la dice tal o cual o porque tal o cual la dice por uno u otro motivo es infantil, sectario, absurdo y, además, no sirve para nada más que para sumirnos en un abismo aún más profundo y oscuro.

Estas hábiles trampas las vemos a diario en las tertulias políticas, en los informativos y en las instituciones. Ante una afirmación concreta no vemos un debate argumental para rebatirla, sino ataques a la persona incluso recurriendo a la vida personal para denigrarla. También, cuando la persona no tiene un pasado al que se pueda recurrir para destruir su afirmación, se recurre a inventar oscuros motivos que le habrían movido a pronunciarse de ese modo: económicos, venganza, pérdida de facultades mentales... De todo.

Pero la verdad acaba por llegar, porque su luz es intensa y su empuje arrasa. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, dijo el sabio.

En fin, que hoy me inspiraba algo más profundo, en plan filosófico... Buenas noches. 

lunes, 6 de febrero de 2012

UNA SOCIEDAD INFECTADA POR EL SOCIALISMO


Cuanto más se nos presenta el PSOE como un partido deshecho, sectario y arruinado, según hemos visto en su patético congreso en el que han elegido a la vieja guardia ante la imposibilidad de la renovación de un proyecto fracasado hace muchos años, más se comprueba, paradójicamente, que la epidemia de socialismo sigue propagándose por toda la sociedad… Y así, el PSOE se nos presenta más peligroso, no porque Rubalcaba lo dirija ahora, que también, sino porque sus ideas van calando una espesa lluvia que sin cesar empapa el tejido social…

Si en el Partido Socialista, su permanente recurso a la Guerra Civil -otro de sus fracasos- les lleva a buscar líderes en corruptos millonarios sin escrúpulos como Garzón, en la sociedad, las ideas del tener derecho a todo y ningún deber, han calado, fomentando una sociedad inepta a la que cada vez es más fácil arrastrar a soluciones radicales encarnadas por jefes irresponsables. No en vano, Pedro J. Ramírez –siempre extraño, siempre brillante- alertaba de la posibilidad de un nuevo Frente Popular del siglo XXI encabezado por ése juez cuya ambición no conoce límites…

Y como la sociedad ha sido tan infectada de socialismo, una ideología de fundamentos endebles pero atractivos para los poco acostumbrados al ejercicio de pensar, una gran mayoría de ciudadanos, muchos sin saberlo, piensan y sienten y desean como izquierdistas de carné. Entiendo que conocen los grandes episodios exitosos de la propaganda progre: la infiltración en la iglesia confundiendo la caridad o la justicia social con su ideología, o ése enorme fenómeno por el cual la derecha acomplejada quiere verse como una bella progre en el espejo de la izquierda, o ese malicioso revisionismo de la historia de Europa y de España donde ellos son siempre los demócratas y los buenos. Como lo conocen de sobra, no quiero centrarme en esos éxitos evidentes que así se han producido.

Más bien quiero poner el dedo en la llaga de un fenómeno sutil, cotidiano, reflejado en casi todas las personas de nuestra sociedad: esos que exigen derechos para todo, esos que siguen hablando despectivamente de los ricos, esos que aceptan con complejo la propaganda impuesta, esos que se empeñan en confundir el Estado social del anterior régimen con el ruinoso Estado del bienestar actual, esos que creen que la mejor manera de ser aceptados es pasar como progresistas para tener la legitimidad que ya han concedido a la izquierda… En fin, todos los que día a día, creyendo que piensan diferente, al final creen que hay algo en la izquierda que les gustaría poseer. Y todos esos se ven ejemplificados cuando son capaces de afirmaciones interiores o expresadas, pero tan repetidas como: el que tiene una fortuna es porque ha robado, lanzando una gran calumnia para manchar incluso a quien ha trabajado con esfuerzo toda una vida generando riqueza y empleo; o la sanidad debe ser gratuita, como si no costara nada; o tengo derecho a destrozar el piso que alquilo porque para eso lo pago, pensando que el propietario es un capitalista sobrado de recursos; o todo el que se opone al socialismo o a la justicia social es un capitalista radical, sin aceptar que hay otras formas de pensar que buscan el equilibrio entre el poder de un Estado voraz y la sagrada libertad individual; o  prefiero que suban los impuestos a que me quiten derechos, sin querer aceptar recortes en el despilfarro de las administraciones publicas; o el Estado debe garantizar nuestros derechos, confiando más en el monstruo que nos empobrece que en la iniciativa personal para mejorar nuestra vida…

En fin, es tal la intoxicación, que diríase que el socialismo, aún habiendo fracasado tantas veces como proyecto, ha conquistado las mentes de las personas de todo ámbito ideológico. ¿Serán capaces, al menos alguno, de admitir la enfermedad infecciosa, para aceptar el tratamiento adecuado? Lo malo es que la medicina para la curación exige ponerse a trabajar.