Un debate reciente con amigos de Facebook sobre temas económicos me ha animado a escribir sobre este asunto, con mayor profundidad y para alcarar lo que quiero decir. Soy consciente de que al escribir sobre este tema entro de lleno en un terreno donde me lloverán de forma tormentosa ciertas críticas que ya conozco, porque es más fácil para algunos denigrar que intentar comprender lo que uno quiere decir. No me resulta además agradable el tema, porque con humildad reconozco que la economía no es un campo donde yo sea un experto –sé que no es cuestión de dos tardes- pero sin embargo me lleva a escribir un convencimiento personal: que el gran drama político de la derecha española –como se llame: sociológica, conservadora, tradicional, nacional- es que no se une –desde hace años- en torno a sus elevados principios ni encuentra líderes adecuados perdiendo el posible apoyo de miles de españoles que se conforman con el mal menor porque no surge algo que ilusione. Y estoy convencido de que esto se debe –entre otros- a un motivo fundamental.
Si para unos el problema es que "todo es economía", para otros, el dramático motivo que no les permite ser alternativa es la incapacidad de solucionar el problema económico que tienen todas las iniciativas de esa misma derecha, que fieles a cierto falangismo -mal comprendido o no bien aplicado al momento presente- o, también, fieles a una mal entendida justicia social o, por qué no, fieles a una radicalización del mensaje cristiano en su doctrina social que quieren seguir casándose con un marxismo fracasado, no son capaces de articular una respuesta a los problemas económicos y sociales de forma convincente, causando pavor a muchos que, en principio, verían con buenos ojos –y votarían- a una posible UPyD en la derecha que acabara con los complejos de tantos. Es una pena, cuando ciertamente, si de algo pueden presumir las ideas consideradas de la derecha, es de ser las únicas capaces de defender la libertad que lleva a una economía propia, responsable, tradicional y rentable.
Ahora bien, muchos -dominados por el exceso propagandístico de la izquierda- conceden al socialismo el bien de haber detectado el problema del liberalismo radical –así lo dijo José Antonio, por ejemplo en el discurso fundacional de la Falange, aunque luego lo criticó con dureza por materialista-, cuando mucho antes incluso de que surgiera tal comunismo, la Iglesia y los pensadores católicos –que sabiamente contra lo que muchos creen por vivir intelectualmente de los tópicos- ya habían anticipado, en la segunda mitad del XIX una contundente respuesta a la modernidad, advirtiendo de forma profética, de las terribles consecuencias de ciertas ideas que prescinden de Dios. De hecho, los conservadores y no los socialistas supieron dar respuesta a los problemas que se les venían encima por culpa del capitalismo egoísta, creando las primeras protecciones sociales de lo que luego sería el Estado del Bienestar, que ya está fracasando.
Ahora, todos son o quieren ser socialdemócratas. ¡Cualquiera le quita a la gente lo gratis que resulta tan caro y que lleva a la ruina! Por ejemplo, la política sanitaria de Madrid, en manos de Aguirre, no es ningún ejemplo del liberalismo del que presume la Presidenta, por muchas clasificaciones que se hagan sin conocer la verdad de la política o de la economía. Pero cambiar las cosas requiere pedir a la gente que sea libre y responsable, y eso es algo demasiado noble para los políticos mediocres que destrozan lo mejor de nuestro mundo: la civilización cristiana occidental.
Profundicemos. El liberalismo, como idea que surge de la Ilustración -que ha destrozado esa civilización antigua y sabia- es familiar del socialismo. No importa si por colectivismo o por individualismo llegamos a las mismas consecuencias. Al final, los grandes Papas de los siglos XIX y XX han sabido condenar con fuerza ambos errores. Pero muchos católicos –justamente preocupados por los problemas sociales- hacen una condena del liberalismo, sin admitir que, si bien la filosofía en sus fundamentos es condenable, no lo es cuando se adjetiva en su parte económica –la economía tiene una parte científica- y siempre que ésta se condicione a un control orientado al bien común. El drama es que en España, por los avatares históricos, no podemos entendernos bien en las etiquetas políticas que utilizamos. Así se dice que el franquismo es fascismo o que Rajoy es un liberal. Realmente, todo el Partido Popular, en el fondo, defiende una economía más bien socialista, lo cual es lógico pues viven de un sistema al que quieren mantener poderoso. En cambio, en los países anglosajones, el término liberal se usa con su significado exacto: esos son los progres, los colectivistas, los que quieren un mayor Estado, más impuestos y menor libertad individual. Y esto se corresponde con las medidas del progresismo que queremos eliminar por considerarlas nefastas para las personas. Eso sí, siempre que haya un Estado orientado al bien común y así, cumplimos con la doctrina social de la Iglesia, que quiere la libertad del hombre y no mesianismos estatalistas fracasados (Caritas in Veritate, punto 17). Curiosamente, en las sociedades económicas más libres, la gente dona más dinero a las religiones, a la comunidad, a los países pobres, a fundaciones de todo tipo, a actividades culturales y por eso, son más dinámicas, más eficientes, menos corruptas y más seguras jurídicamente.
La economía en parte es una ciencia y se puede saber lo que funciona bien o, al menos, mejor. Más aún, con el sentido común del que lleva cuentas en su casa, es fácil saber que la familia endeudada en más del 100% de sus ingresos y que gasta más de lo que ingresa, acabará en la quiebra. Pero eso es justamente la economía socialista. Y se sabe cómo acaba lo que no es de nadie. Ni las colectividades piensan ni deciden, ni poseen. Todo eso son atributos de las personas, libres y concretas.
Así, libertad y responsabilidad –aceptados como cristianísimos conceptos- casan mejor con la propiedad privada y el bien común. La reciente crisis financiera –que antes lo fue moral- no ha sido propiamente de un mercado malísimo y demasiado libre, no –en cuanto tal, el mercado no es ni puede ser ninguna de las dos cosas-. Más bien la culpa de la crisis está en una mala regulación, en las trampas permitidas por las leyes y en la maldad de los poderosos.
Y para terminar, unos datos para fastidiar a los que consideran a Franco un fascista o un totalitario: entonces se pagaba de forma media un 15% de los ingresos totales como impuestos y ahora, en el mejor de los casos, el 50%. Trabajamos hasta mediados de junio para hacienda. En 1975 teníamos 700.000 funcionarios con 37 millones de habitantes. En 2011 tenemos 3.6 millones de funcionarios -5 veces más- cuando la población ha aumentado en un 25%.
Y ahora estamos en la ruina y algunos se rebelan y quieren más Estado, más protecciones sociales, más pensiones y más impuestos. ¿No es hora de pedir más libertad? Pues vamos a ponernos con ello.